Desde las protestas en Túnez a fines del año 2010, que tuvieron como efecto la caída del presidente Ben Alí, hasta las sostenidas protestas en la plaza central del Cairo hay varios elementos comunes que han llevado a pensar en la posibilidad de un efecto dominó en la región, el cual se extendería de Marruecos hasta Arabia Saudita y que tendría como fin principal la liberación de pueblos oprimidos por regímenes opresivos, corruptos y aislados de las necesidades de sus pueblos. El efecto dominó en la región ha llevado al convencimiento de que, efectivamente, vienen tiempos de cambio en el norte de África y Oriente Medio. Pero vale la pena examinar si las protestas son, en realidad, un efecto dominó que producirá cambios de régimen en toda la región.
En primer lugar hay que aclarar qué se entiende por efecto dominó en el ámbito de la política internacional. En el contexto de la Guerra Fría los grandes poderes desplegaban su estrategia de control y dominio mundial a partir de la contención, la cual consistía en consolidar zonas geopolíticamente estratégicas como bastiones de resistencia del avance del gran poder enemigo. Esto implicaba apoyar regímenes autocráticos o dictatoriales con el fin de evitar un mal mayor: el apoderamiento de la potencia rival de un espacio clave. El efecto dominó significaba, justamente, perder algún aliado clave y que esa pérdida tuviese un contagio en toda la región, lo cual podría significar una debacle estratégica en la medida que podría hacer perder zonas de influencia geopolítica.
Ahora bien, gran parte de los hechos recientemente ocurridos en el Norte de África y en Medio Oriente no pueden explicarse a partir de dicho efecto. El cambio de régimen en Túnez y las fuertes manifestaciones en Egipto y Jordania difícilmente podrían ser reproducidas con tanta persistencia y virulencia en Arabia Saudita, Marruecos o Libia, en parte por el estilo opresivo de sus gobernantes, en parte por su capacidad de manejar las fuerzas de la oposición. En todo caso, estos últimos están tomando atenta nota de lo que pasa en sus vecinos y de medidas que deben tomar para evitar escalamientos como los de los otros países. Están aprendiendo que más que la propaganda política burda y la cooptación de la oposición, junto con la represión selectiva de la misma, las redes sociales de internet tienen un efecto movilizador y generador de simpatías masivas.
En gran medida la sed de cambio que tienen los ciudadanos y especialmente los jóvenes en el Norte de África y Medio Oriente (en la gran mayoría de países de la región el promedio de edad no supera los 26 años y la población entre 14 y 29 años representa el 30 por ciento) viene como consecuencia del desgaste de gobiernos corruptos, (el control de la corrupción en los diez países de la región con mayor Producto Interno Bruto es un porcentaje muy bajo según estadísticas del Banco mundial, lo cual los hace estar en las cifras de la ONG Transparencia Internacional, en el ranking de los más corruptos) con incapacidad de modernización de sus sociedades y, sobre todo, alejados de las preocupaciones de los ciudadanos como son el empleo, la baja tasa de alfabetización y las pocas oportunidades de desarrollo humano (según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, la región del Norte de África y Oriente Medio se encuentra con Índices de Desarrollo Humano muy bajos; este índice mide el nivel de alfabetización, el ingreso y la tasa de mortalidad en un país, siendo la región una de las que se encuentra a la cola de la lista de países con desarrollo humano bajo).
Y es aquí en donde ha jugado un papel clave en la búsqueda del cambio las redes sociales como Facebook o Twitter, pues a través de ellas no solo se han convocado a las manifestaciones y se han podido denunciar los atropellos de los agentes fieles al régimen estatal, sino que ellas han mostrado a los jóvenes, principalmente, que tienen el derecho de exigir por gobiernos que se ocupen de las necesidades fundamentales de sus ciudadanos. Sin duda alguna, más que el efecto dominó que conllevaría a la réplica inmediata en toda la región y a una caída de los regímenes opresivos y obsoletos, el efecto Facebook hará que los sistemas políticos emprendan reformas y caminen por sendas de modernización y mayor apertura.
En todo esto juegan un rol fundamental los grandes poderes mundiales. Empezando por la Unión Europea, pues valdría la pena que pensaran en replicar el trabajo realizado con Turquía, quien con características semejantes a las de países de la región ha emprendido un proceso de reforma y modernización con miras a su candidatura a la Unión Europea. No se puede pensar que países como Libia o Jordania ingresen en el proceso integracionista, y aunque compartan historia y fronteras comunes, la realidad política está muy lejos de ello, en todo caso, sí deben lograr un proceso político de concertación hacia la modernización y cooperación económica que permita un mayor desarrollo en la región. Por su parte, Estados Unidos, con su tradicional enfoque de priorizar la ayuda militar y en seguridad debe dejar de apoyar regímenes dictatoriales y enfocarse en aspectos de fortalecimiento de la construcción estatal, en especial los programas de generación de empleo y capacitación para los más jóvenes.
Todo lo anterior implica que los tiempos de cambio que se avizoran en Oriente Medio y el Norte de África a partir del denominado efecto Facebook son también un reflejo de los cambios de rumbo que deben tomar actores claves en la política internacional a fin de que más que dedicarse a frenar el efecto dominó por cuestiones de geopolítica se dediquen a la tarea fundamental del desarrollo humano.
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